continuación...

para la comida especial del
día, a sabiendas que era una gran mitzvá honrar el día con un buen festín, y el pescado era una cosa especialmente adecuada para la ocasión.
Buscó por todo el mercado pero no había en ningún lugar pescado para comprar. Finalmente encontró un pescador que tenía un enorme pescado en venta. El sastre estaba muy contento y extrajo su monedero para
pagar por él cualquier suma que el pescador pidiera. En ese preciso momento apareció un hombre vestido de uniforme y con apariencia de ser muy importante.
“¡Oye!, pescador!”, gritó el extraño. “¿Cuánto quieres por el pescado?”
“Pero este judío llegó antes, mi señor. Le venderé a él si está dispuesto a pagar mi precio”, contestó el pescador.
“¿Acaso no sabes quién soy? ¡Soy el mayordomo del gobernador! Además, yo te pagaré más que el judío”, dijo
con firmeza el hombre uniformado.
El pescador no sabía qué hacer. Mientras tanto, se había reunido en el lugar una gran cantidad de personas que
observaban con enorme curiosidad la discusión.
Alguien, de entre la gente, gritó: “¡Véndeselo a quien pague más!”
“¡Yo te doy todo un dinar!”, exclamó el mayordomo, con la esperanza de silenciar al sastre judío e impresionar
al público al mismo tiempo.
“¡Toda una fortuna por un único pescado!”, exclamaron algunos muy asombrados.
Pero antes de que superaran la sorpresa, el sastre hizo su propuesta.
“Dos dinares”, dijo tranquilamente.
“¡Dos dinares!”, rugió el público. “¿Has escuchado alguna vez algo así? ¡Dos dinares!”
“¡Tres!”, propuso el mayordomo.
“¡Cuatro!”, respondió el sastre.
“¡Cinco!”, ofreció el mayordomo, mostrando simplemente su irritación y desconcierto.
“¡Seis!”, fue la oferta del sastre.
Así prosiguió el remate hasta que el sastre ofreció ni más ni menos que doce dinares por el pescado. En ese
momento el mayordomo desistió de su intento de comprar el pescado, temiendo que su amo pensara que estaba
loco si pagaba por él una cifra tan absurda como esa.
El sastre entregó el dinero, recibió el pescado, y se fue a su casa para prepararlo para el festín de vísperas de
Yom Kipur.
Cuando el mayordomo regresó a su amo sin traer consigo pescado, y le contó lo que había sucedido en el
mercado, el gobernador ordenó que trajeran al sastre judío a su presencia.
“¿Por qué has pagado semejante precio por un pescado?”, preguntó el gobernador.
“Hoy es un día sagrado para nosotros, los judíos, señor mío”, contestó el sastre. “Es el día anterior a Yom
Kipur, cuando nuestro Di-s perdona nuestros pecados si nos arrepentimos con sinceridad. En Yom Kipur
ayunamos, pero el día anterior debe ser honrado con comidas especiales. Doce dinares era todo lo que yo había
logrado ahorrar, pero cuando se trata de una mitzvá, eso no puede medirse en términos de dinero…”.
La sinceridad del sastre judío y su devoción hacia su religión impresionaron profundamente al gobernador y
éste le dejó volver a su casa sin hacerle daño.
Poco imaginaba el pobre sastre qué recompensa lo esperaba allí. ¡Cuando su mujer abrió el pescado para
limpiarlo, encontró en su interior una inmensa perla!
“Di-s realmente nos ha recompensado”, dijo el sastre.
A partir de entonces vivieron cómodamente por el resto de sus vidas, y cada año, cuando llegaba la víspera de
Yom Kipur, la observaban todavía con mayores honores que nunca antes.